
Dedicado a mi amigo Alonso Labra
Le presté un libro hace días, “Sin Sangre” de Baricco. Dos semanas en sus brazos y sólo 40 páginas de lectura. Pensé llevarle Crimen y Castigo de Dostoievski; que con sus 700 páginas llenas de ácaros, se demoraría en leerlo una vida entera y de seguro dejaría el epílogo para su próxima transmigración.Llegue a su habitación. Lo encontré acostado esperando una chica para tener sexo-cibernético. Lo desperté de su alegoría sin intención alguna, por supuesto.
Salimos hacia un mirador cercano con el fin de beber un par de cervezas. Conversamos de su vecina, de su antigua novia, de nuestro destino en unos dos o tres años más. ¿En qué lugar estará cada uno?, pensaba. Escuchamos algunas canciones de Kevin Johansen. El incomprendido me la dedicaron, le dije. Se rió cuando el cantante dijo poeta maldito. Sonreí a su gusto.
Me detalló la vida de su nueva vecina. Está con una amiga, me dijo de forma picarona. ¿Qué estamos esperando?, le pregunte. Nos fuimos a su casa con un plan que no fallaría.
Antes de entrar escuchamos voces en el segundo piso. Están ahí, nos dijimos mudos, y sonreímos. Entramos en su habitación. Su vecina (arrendataria de una pieza contigua a la pieza de él) es una nena guapa, de las nenas guapas con dinero e inteligentes que no abundan en este país; pero que no entrarían en relación con un tipo como nosotros; no por nuestra desfachatez de vivir la vida más que al concho, sino, porque les han enseñado que entre las piernas tienen un diamante, y nosotros, mineros no somos.
El no lector de “Sin Sangre” se fue al baño. Hizo tiempo adentro. Salió su vecina de la habitación y por arte de magia él salió del baño al mismo tiempo. Un cordial saludo y la invitó a salir. Escuché un sí y sonreí detrás de la puerta. Está todo listo para hoy, creo que me dije. Entró a la pieza alegre. Nos miramos confirmando la reciente victoria de esta noble guerra. Se cambió ropa cinco veces el catedrático de Baricco, mientras me preguntaba con cual se veía mejor. Le dije, con esa sí, mientras me arreglaba el pelo.
Salimos de la habitación. Eran tres chicas: la vecina y dos compañeras; una medianamente rubia con pinta de reggaetonera y otra gorda parecida a Rosamel del Valle. Escogí a la casi-rubia. La vecina sería de mi amigo. La Rosamel que se las arreglara sola. Aunque entendí que sería un obstáculo para nuestros propósitos.
Bajamos hasta llegar a Cumming. Nos dirigimos a un local ochentero que está de moda en el puerto. Conversamos de cosas sin importancia aparente. Les conté de mis experiencias “espirituales” en Chillan. Se rieron por protocolo. Bebí por protocolo. Pensaba en que ninguna era interesante, rasgos comunes, pensamientos tradicionales truncados por éste gobierno y los antiguos gobiernos del planetita llamado C h i l e en el que vivo. Dude por algunos segundos (muy pocos creo) si era necesaria ésta guerra ya declarada. Decidí (o alguien por mí) que sí. Una chica es una chica, pensé.
Bebimos, conversamos, bebimos. El local se prendió, nosotros también. Bailamos.
Éramos cinco, tres mujeres y dos hombres. Por cortesía bailamos entre los cinco sin identificar pareja estable. El No-lector miraba a la Vecina. La Vecina miraba el suelo. Yo miraba a la Semi-rubia. Ella miraba su vaso. Rosamel, no sé qué hacia Rosamel, ni menos me interesaba.
Estaba planeando alguna estrategia que ya no recuerdo para bailar junto a la “elegida”, cuando la Vecina se encuentra con un amigo. No logré escuchar lo que hablaron, supongo que eran amigos por la forma en la que se saludaron, ella bailó con él. Ahora éramos tres y tres. Me tocó con la Rosamel. Bueno, se parece al maestro Rosamel, me dije sin ganas. Le hice señas al Eterno lector para comprar alguna bebida. Asintió con la cabeza. Lejos de las chicas, le dije un par de garabatos con el fin de que me dejara bailar con la Semi-rubia. Se negó por un rato hasta que lo convencí. ¡No seas cabrón, tú tienes a la Vecina; déjame la Rubia!, le dije.
Volvimos y bailé con la Rubia. Conversamos estupideces que no me interesaban en lo más mínimo. Mi amigo se aburría, el otro tipo se ponía cariñoso con su Vecina. Me miraba con angustia. Yo le hacía gestos para que se aguantara. El pan estaba en el horno, pero necesitaba más alcohol. Le hice señas a mi compañero. En el camino a la barra me contó de su angustia. Ya no quería bailar con Rosamel. No tiene ninguna, pero ninguna gracia esa mujer, me dijo. Yo debía hacer mi trabajo lo más pronto y marcharnos. Volvimos. No estaba ni la Rubia ni la Poeta muerta; miramos alrededor, de principio a fin apestado de gente. Lo miro con tono de pregunta, no sabe que decirme, pero encuentra a su Vecina. Se marcharon, estaban cansadas, dice ella.
Creo que no era mi noche, nunca son mis noches, ni mis días, ni tardes, ni verano otoño invierno primavera. Recuerdo que pensaba, cómo se nos había ocurrido llevarlas a ese tipo de local, es todo más difícil cuando el baile no es rosando los sexos.
Sentí la derrota sobre mi cuerpo-sexo cansado, bebí un largo trago de cerveza y nos sentamos. La tenia, le decía a mi amigo entretanto mi derrota se acumulaba. ¡La tenia!, repetía incansablemente, mientras pensaba en que todo, todo era una mentira.

